x Iñaki Gil de San Vicente - La Haine - [06.04.05]
Si el Estado español ilegaliza a EHAK cometerá el mismo error que en las ilegalizaciones anteriores. Podría suponer, a muy corto plazo, una ralentización momentánea del proceso de reestructuración y expansión de la izquierda abertzale, pero casi de inmediato se pondrían ambas dinámicas de nuevo en marcha
1.
Los procesos sociales en colectivos humanos escindidos internamente por la explotación de la mayoría dominada por una minoría dominante, son además de complejos y móviles, también y sobre todo contradictorios e irreconciliablemente antagónicos. Estas características terminan poniendo en serios aprietos a los aparatos de dominación que siempre van por detrás de los acontecimientos. La única posibilidad que tiene el poder de acortar en lo posible ese retraso o, cuando más, ponerse a su altura y velocidad para variar su rumbo o desacelerarlo, es intervenir estratégica y sistemáticamente en todos los aspectos de la vida social. La única posibilidad de lograrlo y de mantener esta intervención es poseer un Estado acorde a sus intereses de clase, de nación y de sexo-género dominantes. Por tanto, el Estado es un instrumento crucial para asegurar no sólo el poder establecido sino, fundamentalmente, su ampliación. ¿Por qué es fundamental su ampliación? Porque, de un lado, la experiencia histórica confirma que dos poderes irreconciliables --el de la clase dominante y el que van creando las masas oprimidas, y que, sin precisar, definiríamos como contrapoder, poder antagónico emergente, autoorganización, poder popular, etc.-- no se toleran mutuamente sino apenas unos cortos instantes. Tanto para la burguesía como para la clase trabajadora, es suicida prolongar el muy inestable equilibrio social ya que es dar tiempo de recuperación al mortal enemigo. Y porque, de otro lado, para la burguesía es siempre imprescindible esforzarse al extremo con todos los recursos para acelerar el ciclo completo de realización del beneficio, lo que le exige buscar siempre nuevos instrumentos de control, vigilancia, represión y explotación sociales para mantener acobardada y alienada a la fuerza de trabajo. Por esto, el Estado burgués es una necesidad vital para el capitalismo, y lo es tanto que lo adapta y adecua periódicamente pero nunca lo destruye, sólo lo transforma.
Una necesidad vital que se refuerza cuando ese Estado burgués oprime nacionalmente a otro u otros pueblos, incluso cuando es opresión indirecta, es decir, la que consiste en el beneficio que el Estado más fuerte obtiene mediante el intercambio desigual y el comercio injusto con el Estado o pueblo más débil, con menos capacidad productiva, etc. En estos casos tan frecuentes, sobre todo en el primero, el reforzamiento estatal y la ampliación de sus facultades se vuelven una obsesión de la clase dominante. ¿Alguien piensa que, por ejemplo, el pueblo saharaui, al que el PSOE ha abandonado a su suerte, no volvería inmediatamente a su país de no existir el actual Estado marroquí? ¿Alguien piensa, por ejemplo, que los palestinos no volverían a sus tierras si el Estado judío se retirara sorpresivamente de ellas? ¿Alguien cree que la situación vasca, catalana, gallega... seguiría siendo la misma si por arte de birlibirloque se esfumara el Estado español? ¿Alguien piensa, por ejemplo, que Cuba no mejoraría de manera impresionante sus ya excelentes conquistas sociales si cesase la permanente ingerencia del Estado norteamericano? Las respuestas a estas y otras muchas preguntas pasan a la fuerza por elucidar la naturaleza y las funciones del Estado en el capitalismo, y con mayor exigencia en las situaciones de opresión nacional. La opresión de sexo-género se mueve en planos específicos que no podemos analizar ahora.
En el nivel de la opresión nacional, el papel del Estado opresor también se complejiza al extender sus tentáculos administrativos dentro del pueblo ocupado mediante el colaboracionismo de sectores o de toda la clase dominante del pueblo nacionalmente oprimido. Sin mayores precisiones ahora, el bloque de clases dominante más el bloque social de apoyo que mantiene entre las clases trabajadoras en la nación oprimida asume tareas burocráticas, administrativas y represivas esenciales a todo Estado burgués, mediante un pacto con el ocupante por el cual la burguesía autóctona se queda con parte de la plusvalía extraída a su propio pueblo y entrega otra parte a la burguesía poseedora del Estado ocupante. La forma más perfecta y a la vez sutil de colaboracionismo se logra cuando el Estado dominante permite y hasta potencia la creación de subpoderes autonómicos que operan con relativa autonomía por cuanto no están solamente vigilados desde la distancia, sino también desde dentro. Es más, esos subpoderes se han creado a partir de los anteriores, integrando buena parte de los funcionarios del Estado opresor pero cambiándoles de despacho, bata o uniforme, pero no de lengua, cultura y mentalidad.
No se trata, por tanto, de la aparición de un Estado nuevo, o de un pre-Estado, sino de la ampliación del ocupante con la creación de nuevas burocracias adaptadas a las nuevas formas de explotación, opresión y dominación, consistentes en una triple dinámica: ampliar en extensión e intensidad la represión de los revolucionarios independentistas, para lo que permiten la creación de una policía autonómica delegada por y sujeta al Estado; corromper e integrar a sectores de la intelectualidad del país ocupado, especialmente a profesores, periodistas, científicos, abogados, artistas, religiosos, etc., para que legitimen u oculten la ocupación; e, impedir el desarrollo socioeconómico endógeno y autocentrado del pueblo dominado haciéndolo dependiente del Estado central, para lo que potencian el sindicalismo estatalista y amarillo, y el intervensionismo político de las minúsculas asociaciones de empresarios, objetiva y subjetivamente interesadas en mantenerse dentro del mercado estatal y sentirse protegido y representado internacionalmente por él. Uno de los objetivos de esta triple dinámica es el de generar un pensamiento dependiente, la tristemente famosa lógica de la dependencia, es decir, que el pueblo dominado pierda tanto su autoestima colectiva que se hunda en la dependencia psicológica y de perspectiva de futuro hacia lo que le dice el Estado ocupante. En realidad, todo Estado burgués está obsesionado por masificar esa dependencia, que es una forma específica de la alienación y un efecto del fetichismo, pero su logro resulta imprescindible en situaciones de opresión nacional y de sexo-género.
Naturalmente, el Estado se reserva todos los instrumentos decisivos y definitorios en última instancia. Vigila muy atentamente todas las decisiones de los subpoderes y las prohíbe directamente cuando le viene en gana, retrasa durante tiempo su puesta en marcha hasta que se hayan vuelto obsoletas e inocuas, o las lleva a los tribunales internacionales burgueses para que allí las inhabiliten manteniendo así la ficción de democracia. El Estado tiene recursos múltiples para esa vigilancia preventiva, o simplemente los inventa cuando es necesario, al margen e incluso en contra de sus propias leyes, transgrediéndolas sin escrúpulos. Poseedor y alimentador de una polifacética cuadra de intelectuales fanáticamente imperialistas, el Estado puede hacer las cosas más degradantes y denigrantes como torturas, cierres e ilegalizaciones masivas y prohibiciones neofascistas, etc.. sabiendo que todo va a ser aplaudido y coreado, cuando no incluso exigido por antelación según un plan previsto diseñado por determinados poderes estatales, que por algo el Estado es el centralizador estratégico de todas las fuerzas –también las paraestatales y extraestatales-- que intervienen en la reproducción ampliada del capital.
Pues bien, entre otros fallos y limitaciones, es en la teoría del Estado en donde reaparecen las impotencias tanto la sociología burguesa como del reformismo español, el del PCE e IU, básicamente. Es muy difícil, por no decir imposible, encontrar textos de las “izquierdas” españolas en donde al analizar desde su perspectiva el llamado “problema nacional” hagan siquiera una referencia indirecta al papel estratégico del Estado como instrumento de clase dialécticamente unido a la expansión del capita en la península y, ambos, como constructores del marco material y simbólico de acumulación de capital que han dado en llamar “España”. Ya hemos desarrollado esta crítica así como la evolución del sistema represivo español en otros textos, y ahora sólo vamos a extendernos un poco en la intervención del Estado español contra Euskal Herria durante el período que va del referéndum europeo a la ilegalización de Aukera Guztiak.
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